Capítulo 4 de NOVELA VOYEUR: Ritual iniciático



La noche del natalicio número 25, varones y hembras iniciaban su camino a la “plenitud” de los sentidos, en una ceremonia con asistencia de todos los adultos. A partir de entonces, el zoak ahora senior adquiría el derecho a profundizar en la expansión de su conciencia hedonista, ayudado por la libación de un brebaje blanquecino y espeso, visualmente parecido al semen con cuyo sabor estaban familiarizados desde los 20 años, escalafón previo al estremecimiento que les aguardaba.

Como mero ejercicio de ilustración, acotamos brevemente que en la fase primera de la sexualidad, comprendida entre los 16 y 19 años, los zoaks se limitaban a la masturbación mutua mediante caricias no invasivas –el derroche seminal se dispensa, dado que no se considera, aún, “maduro” y por lo tanto no debe ser vertido en ningún orificio–. A los 20 años las hembras eran desfloradas por partenaires de la misma edad, comenzando su experimentación de la genitalidad, la felación y el cunnilingus. En este estadio, los fluidos espermatozoicos y vaginales no deben ser derramados. Ambos sexos se prodigan en la degustación de sus respectivos jugos, propiciando relaciones entre ejemplares del mismo género. Se admite, a voluntad, la digitalización del perímetro, más no la penetración anal. Eficaces medidas han sido tomadas para evitar embarazos. Música líquida celebra la menstruación con exactitud matemática. Reiteramos que todo rito o ritual principia y finiquita con “inundaciones” exhaustivas.

El “maxthov” –brebaje propiciatorio de mesurado dulzor y elevadísima gradación etílica, mezcla pacientemente fermentada de la pulpa de agave machacada con la raíz del cannabis y el polen de amapolas (precursor molecular del ácido lisérgico)– es suministrado en minúsculos pero incesantes sorbos a los iniciados.

Una vez que el brebajero detecta que el cumpleañero registra un nivel idóneo de embriaguez, en un sitial próximo al “fuego encerrado en el agua”, el debutante es despojado de su túnica, al igual que el colectivo. Nadie más ha consumido “maxthov”. Los varones exhiben erecciones inauditas con sus bálanos alarmantemente inflamados. Las hembras ostentan pezones erectos y una cascada que se desborda piernas abajo.

Sobre una “plataforma” de imponente ergonomía que privilegia el confort del iniciado (el diagrama adjunto, reelaborado en un software de animación 3D, permite la corporización del prototipo), el zoak adulto de menor grosor fálico, inaugura el tracto anal de la hembra o varón homenajeado. Suavemente, alterna penetraciones profundas y rectilíneas con embates circulares. Los ojos del sodomizado brillan y en ocasiones lagrimean, sus pupilas se dilatan, el esfínter, altivo, se contrae hasta que la inteligencia orgánica de nuestro cuerpo le susurra relajarse, transmutar el dolor en placer, abandonarse al gozo inédito vedado hasta ahora, dejarse llevar donde sea, relajarse y disfrutar. Excepcionalmente, perpetrador y analizado alcanzan el clímax juntos. Los machos se sorprenden al eyacular sin la acostumbrada estimulación sobre el falo.  Adoloridos, han descubierto el masaje prostático in profundis que sólo podrán experimentar, de nuevo, durante la próxima conmemoración de su natalicio. Algunos se resienten, negándose a hacerlo. Otros explorarán con ahínco el conducto que ––acróbata invertebrado, malabar acomodaticio––  recupera su sobria estrechez cotidiana. Para el reciente zoak adulto, el rito concluirá con la libación de su extracto seminal, edulcorado con el “maxthov” cómplice, texturizado por un espesor desconocido que la próstata ha decidido agregar.

La hembra, en proceso equivalente, comprobará que se ha corrido sin intervención de la vagina ni el viejo amigo del clítoris, sintiendo la omisión de tales recursos que hubiesen podido acrecentar el vértigo. Sabe que a los 26 años su invasión será doble y debe ejercitarse para ello. En el caso del hombre, su boca y su ano se nutrirán con segundos de diferencia. A la edad de 27, la consagración sobreviene para ambos. El sodomiza mientras lo sodomizan y colma su sed de vía láctea licuada en su lengua. Ella conoce, finalmente, a la deidad trifálica que se hace carne en su cuerpo obstruyendo sus orificios con los falos de mayor talla. Así acontecerá hasta su medio siglo y más vale que resista. A partir de los 28, el género masculino deja de contar los años transcurridos y elige su genitalidad enteramente (el códice cifra la frecuencia del coito anal, para ambos sexos, entre una y diez veces al año, sin limitar, expresamente, el escarceo dactilar del anillo esfinteriano; no se contemplan besos negros ni la introducción de artilugios; reiteran, en todos los casos, abluciones pre & post y lubricación zabiliana).

El Ritual se prolonga hasta el amanecer. Tras la iniciación se sucede un baño colectivo en la Gran Tina Circular, consumo del brebaje desinhibidor, self service de carnes rojas y la orgía acentuada por la conciencia tribal de ser más. Más de uno. Más de nosotros. Más.

La anestesia y el desparpajo brindados por los efluvios etílicos acompañaran al neo-adulto hasta la vigilia. No es extraño que reincidan en su genitalidad esa noche, desplegando una intensidad febril que los llevará a intentar sodomizar a otros/as.

Con los años, el “maxthov” disminuye su efecto o viceversa.